El vuelo de la Lectura
Hace poco leí una frase de Jorge Guinzburg que decía: “Leer no es como volar… pero es lo que más se le parece”. Particularmente nunca viaje en avión así que me conformo con leer.
Mi primer viaje literario empieza desde muy chica, alrededor de los tres años, de la mano de Pinocho, aquel Pinocho de la colección Robin Hood, un poco más atrevido, intrépido y hasta un poco más real al famoso film de Disney. Era traído a mí todas las noches gracias a mi papá. Fue un viaje del que aún quedan huellas en mi memoria, un viaje fantástico que trasladaba mis sueños al mundo de madera de Pinocho.
Cuando comencé el Jardín de Infantes me dispuse que mis viajes no tuvieran mucho futuro ya que, convencida, repetía días tras día que no estaba en mis planes aprender la “manuela escrita” y mucho menos asistir a la “facultaría”. Estoy segura de que mi “yo” de cinco años estaría muy ofendida por verme donde me encuentro, pero, sin embargo, puedo afirmar que mi yo ventiañero se siente desbordado de felicidad por haber aprendido a escribir en manuscrita, y una felicidad aún más inmensa por estar cumpliendo una de las más grandes metas de este viaje: estudiar en la facultad.
El viaje que inicié en el colegio me llevo a leer variedades de cuentos, novelas, obras de teatro, relatos breves o simplemente notas periodísticas. Ese viaje duraría varios años y estaba decidida a no bajarme. Confieso que al principio la lectura no era Santa de mi devoción, a medida que iba creciendo e iba dándome cuenta de que el mundo de la lectura iba más allá de los textos escolares, y que podía decidir que leer, empecé a tomarle ese gustito especial y emocionante que tiene ella tiene. Mi avión había despegado y sólo aterrizaba cuando un libro finalizaba.
Todos los viajes que hice llevaron mi mente a miles de realidades aunque mi cuerpo siempre se mantuviera en Bernal. Gracias a la lectura llegué a lugares impensados: pude descubrir el mundo dentro de un caparazón de la mano de Gregorio Samsa en La Metamorfosis de Kafka; trasladarme al mundo teatral con la ayuda de Alejandro Casona y su Barca sin Pescador, y entre tantos otros viajes conocer Chile acompañada por Eva Luna, creación de Isabel Allende. Por supuesto tuve que hacer viajes por obligación, Platero y Yo fue uno de esos viajes agobiantes, sólo recuerdo que se trataba de un burro. Con ese libro aprendí que muchas veces los destinos pueden ser aburridos al punto de causarnos incontables bostezos, pero eso no debe llevarnos a abandonar el viaje.
Estoy segura de que en este recorrido dejo sin nombrar a muchos libros de autores reconocidos que me dio placer leer como a Charlotte Brönte con su toque de amor en Jane Eyre, pero a pesar de no nombrarlos ellos siguen ahí, en mi hoja de ruta, en mis fotos de viaje, en mi memoria; una memoria que está dispuesta a no olvidar y a seguir incrementando viajes que si hubiera que pagar serían impagables. Fueron y serán viajes imaginarios que uno vuelve a elegir con cada libro que agrega a su colección.
Luciana Paz