miércoles, 27 de abril de 2011


Visiones de la luna
Desde mi planeta la luna puede verse de un color muy similar al plateado, uno puede distinguir sus rasgos a simple vista. Según los ancianos de mi comunidad nuestra ubicación en el sistema solar nos permite verla en su fase más plena, y esto que ellos dicen hay que tomarlo muy seriamente porque aquí la vejez se mide por experiencias vividas y evidentemente ellos han vivido bastante. Es costumbre que cuando un varón alcanza los dieciocho años realiza un viaje a través de los diferentes planetas para conocer todas las perspectivas que la luna ofrece, es muy importante para nosotros, ya que mirándola podemos creer en un mundo mejor. Nosotros lo llamamos Luna Tour, el nombre no es tan original ni aventurero como la travesía que vamos a iniciar.
 Dentro de unos días voy a cumplir mis dieciocho años y estoy muy emocionado por emprender este viaje. Somos un grupo de ocho chicos, es bueno aclarar que en general no somos una comunidad muy grande, basta con decirles que la noche del aniversario de nuestro planeta se reúnen todos los habitantes en la plaza central y no ocupamos ni siquiera un cuarto del parque. Todos los que vamos a emprender este viaje nos conocemos del colegio y para suerte de nuestros guías nos llevamos muy bien.
Teníamos todo preparado, nuestros coordinadores nos habían dado una lista con cosas indispensables: agua, algo sobre lo que dormir, telas para cubrirnos en la noche, linterna e infinidad de objetos a los que aún no les encontraba utilidad. Además de esos elementos podíamos llevar un objeto a elección: personalmente opté por un libro que mi abuelo me había obsequiado: tenía explicaciones de las costumbres de cada planeta, estaba seguro de que iba a ser de mucha utilidad.
El día del despegue estábamos muy ansiosos, la nave que nos habían asignado era último modelo, desbordábamos de felicidad. Nuestros padres estaban muy emocionados y hubo una frase que esa mañana quedó grabada en mi memoria: “¡DISFRUTEN!” por supuesto yo no tenía otra cosa en mente.
Como estaba planeado empezamos nuestro viaje en Plutón, el paisaje era fabuloso, tenía montañas de tierra altísimas que permitían tener un cómodo avistaje. Cuando la luna comenzó a salir nos quedamos un poco desilusionados, no se parecía en nada a la de nuestro planeta: no podíamos distinguir sus rasgos y su color ni siquiera se acercaba al plateado, pero sin embargo seguía siendo hermosa. Y así fuimos recorriendo los diferentes cuerpos celestes, a pesar de que nada se comparaba con la vista que nosotros teníamos la luna no perdía su belleza, porque así era ella: resplandeciente, ni siquiera el brillo del sol podía opacarla.
El día que llegamos a la tierra se pronosticaba que iba a ser una noche inigualable, íbamos a poder disfrutar a la luna en su mejor fase. Como faltaba mucho para la noche decidí ir a dar un paseo. Caminé por las calles desiertas, o casi desiertas, de una zona de chalets. Algunos habitantes, a pesar de la hora matinal, ya estaban levantados; me miraban pasar desde los garajes. Parecían preguntarse qué estaba haciendo yo allí. Si me hubieran abordado, me habría costado mucho contestarles. En efecto, nada justificaba mi presencia allí. Ni en ninguna otra parte, a decir verdad. Me había olvidado que mi aspecto era muy diferente a la gente de allí, fue cuando recordé lo que el libro que  el abuelo me había obsequiado decía: “No subestime a los terrícolas ya que si lo vieran se darían cuenta al instante de que usted no pertenece a su misma especie”, así que me apresuré para volver al campamento.
Esa noche observamos la luna desde una perspectiva mucho más linda que la del resto de los planetas, exceptuando el mío, por supuesto, era de color amarilla y tenía un aureola blanca a su alrededor: nos explicaron que era porque se avecinaba una tormenta.
Esa fue la última luna que visitamos. De regreso en la nave todos coincidimos que no existía mejor vista como la de nuestro planeta. Nosotros podíamos observar la más maravillosa de todas las perspectivas antes de irnos a dormir y sentir que valía la pena que anocheciera.
Luciana Paz

Es para vos amiga, te dije que  era medio pedorro y lo sigo sosteniendo, pero es mi creación y tiene tu nombre y aunque no siempre sea fuerte vos y mucha otra gente hermosa me dan la fuerza para seguir, son lo mejor que tengo y lo mejor que  se me pudo haber cruzado. Gracias por tanto y espero aportar mucho en vos! Te amo 

jueves, 21 de abril de 2011

Encuentros que son desencuentros


Durante bastantes días miraba por la ventana antes de acostarse, desde su estudio, hacia la esquina, abajo, pero Custardoy no volvió a aparecer por allí. Se le hacia costumbre buscarla todas las noches aunque nunca la encontrara.
Todo empezó el 12 de marzo pasado. Un día agitado, la sala de espera estaba repleta de casos por atender. El estudio no era un lugar muy amplio, se encontraba sobre la calle Cerrito en el quinto piso de un edificio antiguo pero en buen estado, no tenía nada que envidiarle a los buffets de abogados que se promocionaban por la televisión. En ese miércoles de verano parecía que todo iba a ser normal pero de pronto irrumpió en el ambiente caldeado de la sala de espera una señorita de apellido Custardoy, los rasgos de su cara dejaban ver que no pasaba de los 30 años, alta, morocha y de ojos marrones, de un marrón tan claro que a través de ellos uno podía conocer su pasado. -¿Qué precisa?- Dijo la secretaria -Estoy buscando al abogado José Echeverría, ¿Es aquí no?- Preguntó ella. La secretaria asintió con la cabeza y le pidió amablemente que tomara asiento, que la haría pasar cuando fuera su turno.
Señorita Custardoy, anunció la secretaria, es su turno. Cuando él la vio entrar sintió algo extraño, lindo pero extraño, que recorría todo su cuerpo y hacía temblar su pulso. Admiró su belleza como si fuera la primera vez que observaba a una mujer. Cuando se centró en sus ojos notó que tenía algo para contar, que no sólo buscaba ayuda profesional.
-Buen día dr.- Dijo ella con una voz tan dulce y delicada que se perdía en el viento. Él quedó embelesado. Se produjo un silencio pero ninguno de los dos se sintió incómodo en esa situación, él creyó que era una señal y para no parecer obvio inició la conversación preguntando qué era lo que la traía por el estudio. Ella comenzó a contar su historia, no era para nada sencillo el caso y mucho menos las situaciones por las que había tenido que atravesar. -¿Usted entiende lo que es que lo persigan en todo momento y que excedan los límites a golpes?- Cuestionó ella con su delicada voz y entre lágrimas -¿¡Qué hice yo para merecer esto!?- Exclamó. Echeverría trató de consolarla pero sin establecer contacto físico así evitaba incomodarla. Una vez que sus lágrimas se agotaron él le dijo que analizaría el caso. Le anunció a su secretaria que le diera a la señorita Custardoy una cita para la semana entrante.
No era el primer caso de violencia que Echeverría trataba pero era especial por el simple hecho de que ella lo era.
Esa semana fue fugaz, él se lo adjudica a las ganas que tenía de volver a verla, esta vez se iba a animar a dar un paso más. A la hora acordada ingresó al estudio, pero no era la misma mujer de la semana anterior, sus ojos marrones seguían siendo claros pero de tanto llorar ya no develaban  su pasado, tenía la mirada desorientada, triste y su rostro demostraba cansancio. Moretones en la cara y brazos le hicieron darse cuenta de que había sido una semana dura para ella. Sabiendo lo que iba a decirle le fue muy difícil elegir las palabras para que doliera menos: el caso no podía llevarse a juicio, ella saldría perdiendo y su vida se transformaría en un verdadero infierno. Los ojos se le llenaron de ira, no esperaba esa respuesta, le resultaba inentendible, tenía golpes en todo su cuerpo que servirían de prueba del abuso que se cometía en su contra. Pero con eso no es suficiente, agregó Echeverría, intentó explicarle que perdería absolutamente la poca tranquilidad que le quedaba; a lo que ella replicó :- ¡No me queda nada más que perder! ¿Tranquilidad? ¿Qué es eso? Hace meses que no salgo, no consigo dormir sin levantarme por las noches con mi corazón latiendo a toda velocidad. ¿Puede usted ponerse en mi lugar? - Por supuesto que me pongo en su lugar, y más de lo que debería, es por eso que no quiero arriesgarme a comenzar un juicio sin saber dónde puede terminar.- Echeverría concluyó la conversación, todo se había terminado.
La conexión que se había creado desapareció completamente. No quedaba ni siquiera rastro. Su voz dulce ya no lo era más, con sólo mirarla se podían interpretar diversas sensaciones: temor, desilusión, abandono. El clima pasó de ser pacífico a tenso. Sin siquiera haber tenido una cita ya se habían separado.
Ella insinuó que si era necesario esfumarse y no volver nunca más lo haría, su vida ya no tenía ningún tipo de valor, ella ya no la consideraba vida. Prefería desaparecer antes que recurrir nuevamente a la justicia.
Ese día salió del estudio descargando su bronca, el portazo que dio hizo temblar hasta las paredes. Esa fue la última vez que Echeverria vio a la señorita Custardoy. Aunque ya han pasado varios meses aún se pregunta qué habrá sido de ella.

viernes, 8 de abril de 2011



Instructivo para fracasar

Cuando nos proponemos una meta, buscamos un trabajo o simplemente jugamos un partido de truco buscamos hacerlo de manera exitosa, pero no siempre lo logramos, por esa razón aquí le ofrecemos una serie de pasos para fracasar con éxito.
Por empezar se dará cuenta al instante cuando ha fracasado ya que además de no haber cumplido su objetivo sentirá una sensación de impotencia muy particular que causará una revolución en todo su organismo.
El primer paso que debe dar es poner cara de desilusión, esta expresión es la que demuestra de manera más acertada la sensación de fracaso. En esta etapa es muy importante que trate de contener las lágrimas ya que lo pondrían en una situación vergonzosa.
Una vez que su cara luzca muy desilusionada, levántese de manera abrupta y, si es posible, arroje al suelo algún objeto que tenga cerca, por ejemplo: si usted estuviera jugando al truco lance de manera violenta las cartas. ATENCIÓN: trate de no lastimar a los presentes durante su acto de ira ya que la situación se tornaría frustrante.
Ahora bien, ante esta reacción quienes se encuentran con usted comenzarán a decirle algunas de las siguientes exclamaciones: “¡No te podés enojar así!” “¡Es sólo un juego!” Usted haga oídos sordos a esas declaraciones y aléjese con pasos largos y pesados demostrando su cólera. Existe un alto porcentaje de posibilidades de que algún compañero se le acerque para darle aliento tratando de minimizar el problema ante esta situación podría suceder que emergieran de su boca una catarata de palabras hirientes en contra de aquél que acudió a tranquilizarlo. Piense unos segundos y luego explíquele de manera respetuosa que prefiere estar solo.
Si la situación de ira excede sus propios límites le recomendamos que lea el capítulo II de: Cómo fracasar con éxito. Nivel Avanzado.
Una vez que sienta que su cabeza dejó de latir, su corazón retomó su ritmo normal y que su temperatura corporal disminuyó notablemente, vuelva ante el grupo y pida disculpas por su actitud. Si usted logra pedir perdón ha logrado fracasar con éxito.
Aquí finaliza este manual introductorio. Esperamos que le haya sido de ayuda. Recuerde comprar también: Instrucciones para rendir un examen, Pasos para inflar un globo y no morir en el intento y Cómo vivir la primavera a pleno, entre otros títulos.

Luciana Paz