Encuentros que son desencuentros
Durante bastantes días miraba por la ventana antes de acostarse, desde su estudio, hacia la esquina, abajo, pero Custardoy no volvió a aparecer por allí. Se le hacia costumbre buscarla todas las noches aunque nunca la encontrara.
Todo empezó el 12 de marzo pasado. Un día agitado, la sala de espera estaba repleta de casos por atender. El estudio no era un lugar muy amplio, se encontraba sobre la calle Cerrito en el quinto piso de un edificio antiguo pero en buen estado, no tenía nada que envidiarle a los buffets de abogados que se promocionaban por la televisión. En ese miércoles de verano parecía que todo iba a ser normal pero de pronto irrumpió en el ambiente caldeado de la sala de espera una señorita de apellido Custardoy, los rasgos de su cara dejaban ver que no pasaba de los 30 años, alta, morocha y de ojos marrones, de un marrón tan claro que a través de ellos uno podía conocer su pasado. -¿Qué precisa?- Dijo la secretaria -Estoy buscando al abogado José Echeverría, ¿Es aquí no?- Preguntó ella. La secretaria asintió con la cabeza y le pidió amablemente que tomara asiento, que la haría pasar cuando fuera su turno.
Señorita Custardoy, anunció la secretaria, es su turno. Cuando él la vio entrar sintió algo extraño, lindo pero extraño, que recorría todo su cuerpo y hacía temblar su pulso. Admiró su belleza como si fuera la primera vez que observaba a una mujer. Cuando se centró en sus ojos notó que tenía algo para contar, que no sólo buscaba ayuda profesional.
-Buen día dr.- Dijo ella con una voz tan dulce y delicada que se perdía en el viento. Él quedó embelesado. Se produjo un silencio pero ninguno de los dos se sintió incómodo en esa situación, él creyó que era una señal y para no parecer obvio inició la conversación preguntando qué era lo que la traía por el estudio. Ella comenzó a contar su historia, no era para nada sencillo el caso y mucho menos las situaciones por las que había tenido que atravesar. -¿Usted entiende lo que es que lo persigan en todo momento y que excedan los límites a golpes?- Cuestionó ella con su delicada voz y entre lágrimas -¿¡Qué hice yo para merecer esto!?- Exclamó. Echeverría trató de consolarla pero sin establecer contacto físico así evitaba incomodarla. Una vez que sus lágrimas se agotaron él le dijo que analizaría el caso. Le anunció a su secretaria que le diera a la señorita Custardoy una cita para la semana entrante.
No era el primer caso de violencia que Echeverría trataba pero era especial por el simple hecho de que ella lo era.
Esa semana fue fugaz, él se lo adjudica a las ganas que tenía de volver a verla, esta vez se iba a animar a dar un paso más. A la hora acordada ingresó al estudio, pero no era la misma mujer de la semana anterior, sus ojos marrones seguían siendo claros pero de tanto llorar ya no develaban su pasado, tenía la mirada desorientada, triste y su rostro demostraba cansancio. Moretones en la cara y brazos le hicieron darse cuenta de que había sido una semana dura para ella. Sabiendo lo que iba a decirle le fue muy difícil elegir las palabras para que doliera menos: el caso no podía llevarse a juicio, ella saldría perdiendo y su vida se transformaría en un verdadero infierno. Los ojos se le llenaron de ira, no esperaba esa respuesta, le resultaba inentendible, tenía golpes en todo su cuerpo que servirían de prueba del abuso que se cometía en su contra. Pero con eso no es suficiente, agregó Echeverría, intentó explicarle que perdería absolutamente la poca tranquilidad que le quedaba; a lo que ella replicó :- ¡No me queda nada más que perder! ¿Tranquilidad? ¿Qué es eso? Hace meses que no salgo, no consigo dormir sin levantarme por las noches con mi corazón latiendo a toda velocidad. ¿Puede usted ponerse en mi lugar? - Por supuesto que me pongo en su lugar, y más de lo que debería, es por eso que no quiero arriesgarme a comenzar un juicio sin saber dónde puede terminar.- Echeverría concluyó la conversación, todo se había terminado.
La conexión que se había creado desapareció completamente. No quedaba ni siquiera rastro. Su voz dulce ya no lo era más, con sólo mirarla se podían interpretar diversas sensaciones: temor, desilusión, abandono. El clima pasó de ser pacífico a tenso. Sin siquiera haber tenido una cita ya se habían separado.
Ella insinuó que si era necesario esfumarse y no volver nunca más lo haría, su vida ya no tenía ningún tipo de valor, ella ya no la consideraba vida. Prefería desaparecer antes que recurrir nuevamente a la justicia.
Ese día salió del estudio descargando su bronca, el portazo que dio hizo temblar hasta las paredes. Esa fue la última vez que Echeverria vio a la señorita Custardoy. Aunque ya han pasado varios meses aún se pregunta qué habrá sido de ella.