Carta de una fuga
Hola Ale, disculpá que te moleste pero estoy con la soga al cuello, me mandé una macana tremenda.
Sé que no es la mejor manera de despedirse, pero tengo que desaparecer. Perdón, te defraudé, no pude con mis genes.
Necesito que me hagas un favor, a esta altura sos la única en la que confío, todos me estafaron y no me di cuenta; estarás pensando “Yo te lo dije”, y yo no te hice caso. Todo me sale mal cuando no te escucho Ale, soy un tonto, si sé que vos no lo hacés con maldad. Para salir de ésta te necesito: preparame el bolso negro, ese que está arriba del armario en la pieza de la vieja, poné algo de ropa, mis documentos y la plata que está guardada en la caja que está en mi mesita de luz, no la pongas toda quedate con algo vos. Después lleva el bolso a la cucha de Dogo que cuando pueda zafar lo voy a buscar. Gracias y perdón, otra vez.
La semana pasada me había llamado el “Chueco”, me prometió que esta vez iba a salir bien, que la yuta no se iba a enterar. Me dijo que no te contara nada, que vos seguro ibas a hablar. Me llenó la cabeza para que no te dijera y vos sabés como soy, un salame, me creo todo lo que me dicen.
Alguien le tiró la data de que una mina, una tal Campioni, iba a sacar mucha guita del banco. Era algo fácil y nos iba a dar mucha plata. Íbamos a ir en la moto y yo le tenía que arrebatar el bolso a la vieja. Todo salió mal Ale, el chueco la pudrió. Se cebó, se fue de mambo.
No te preocupes, estoy bien. Tuve que rajar, no me quedó otra. La yuta no está buscando. Voy a tratar de mandarte cartas seguido. ¡Por favor perdoname, hermana! Cuando pueda te voy a visitar; no te pongo la dirección en donde estoy por las dudas, vos sabés.
Seguí metiéndole garra al estudio y a tu trabajo, vos sos inteligente, podes armarte otro futuro: yo no soy un buen ejemplo. Cuidate y perdón, una y mil veces perdón.
Román
Luciana Paz