La trascendencia de un campeón
Autora: Luciana Paz
A José Fernando Paz, o Coco,
como todos lo conocen, el paso del tiempo le dejó escasas huellas de tinte
blanco entre su bigote y corta cabellera. A los 86 años sus rasgos físicos
falsean su experiencia y lo hacen parecer más joven. Su vitalidad, jovialidad
están tanto en su andar como en las actividades que realiza de lunes a lunes.
Hoy está jubilado,
pero diariamente trabaja en su gimnasio de Lomas de Zamora como kinesiólogo. Junto
a él, su hijo y su nuera se encargan del área de musculación y rehabilitación. “Si
no trabajo me aburro, no sé qué hacer, me siento inútil” afirmó Paz mientras pone uno de los tantos CD de música clásica
que usa para sus pacientes.
Nació en 1928 en
Capital Federal, pero sus raíces están en el sur. Desde muy chico su familia
decidió cruzar el puente y se instaló en la zona de Avellaneda. En 1945 empezó
a practicar gimnasia deportiva y tenis en Club Alemán de Avellaneda y en
Racing. Cuando “La Academia” le quedó chica se pasó al Club San Lorenzo de
Almagro. El polvo de ladrillo había calado hondo y Paz ya no lo disfrutaba como
al principio entonces le dijo a sus ex compañeros de tenis ‘ustedes sigan
jugando, después vengan a buscarme al gimnasio’. “Yo no sabía qué era una
gimnasio pero necesitaba salir del ladrillo”.
“Karadagian y
Pascual Perez se entrenaban ahí, eran nadie, como yo” recuerda Paz. San Lorenzo
era el único club que estaba preparado para todas las especialidades, por eso
era cuna de campeones. Cuando entró
al gimnasio todos se dieron vuelta para mirarlo: chomba, pantalones de tenis y
raqueta. Su aspecto no encajaba entre los aparatos pero ya no había vuelta
atrás.
Se acercó al profesor de gimnasia deportiva y
le pidió permiso para utilizar las paralelas “Yo sabía lo que iba a hacer,
entrené muchos años en Avellaneda, no era un improvisado”, agrega. Las miradas
seguían sobre su cabeza, todos estaban esperando que se equivocara, “a decir
verdad” confiesa, “tenían ganas de reírse del ‘chetito’ que jugaba al tenis”. “El
profesor me advirtió: ‘mejor que sepas usarlos porque si no te vas a comer la
gastada de tu vida’. Al recordarlo una leve sonrisa se le dibuja en su rostro.
Esa advertencia fue el punta pie inicial para lo que vendría luego. Se puso magnesio en las manos, pegó un
salto y subió a las barras, dio un doble salto, tres ‘gran vueltas’, giro final
y salida perfecta sobre la colchoneta. Todos asintieron con la cabeza, le dirigieron
miradas de aprobación. Coco sintió que se había ganado su lugar en el gimnasio.
Después de semejante
hazaña, un hombre se acercó a él y le
preguntó su peso, Paz respondió “55, 56, no sé exactamente”. El señor
necesitaba saber más “¿No querés levantar pesas?”. Desconcertado por la oferta
Coco le preguntó “¿Qué es eso?’” Y
así es como los campeones surgen, de la nada.
Lo llevaron a un
sector del gimnasio donde había unas tablas en el piso, le marcaron unas pautas de trabajo y pusieron
en frente suyo una barra con discos de pesas a ambos lados. Paz la tomó, con
decisión e incertidumbre, aplicó la técnica y “pum” la levantó. Sin rendirse
siguió subiendo la barra, a la que les iban agregando más peso. Desde lejos se
oyó “Pare, pare ¡Ya está!”. Era Manolo Rivas, el coordinador del área de
educación física de San Lorenzo. Lo citó el domingo a las nueve de la mañana y
le advirtió “le conviene venir sino no aparezca nunca más por el club” tras ver
la cara de desconcierto en Paz agregó “pibe, acabás de levantar el record argentino,
así que venite que arrancas a entrenar”.
Fueron las últimas palabras de Manolo y las primeras en la carrera de las pesas
para Paz
Al mes tuvo su primera
competencia en el club Vélez Sarsfield. Todo su cuerpo le temblaba, desde las
piernas hasta el espíritu. La rutina era siempre la misma: ponerse magnesio,
caminar hasta la tarima y hacer la gracia de levantar muchos kilos. Paz caminó
hasta la tarima, miró a sus compañeros, a los jueces y volvió a su objetivo. Tomó
fuerte la barra, flexionó sus rodillas, dio envión y en menos de lo que canta
un gallo la tenía sobre su cabeza. Por unos segundos el mundo se detuvo en la
fuerza de sus manos, todos sus músculos
entraron en guerra contra el cansancio. “Bato el record y el total de la marca,
fue un batacazo”, agrega orgulloso de
su actuación y desempeño deportivo. A partir de ahí ascendió profesionalmente y
comenzó su carrera en primera división.
En 1951 se realizaron los primeros Juegos
Panamericanos en Argentina, organizados por el entonces presidente Juan Domingo
Perón. Emocionado, recuerda el apoyo que el jefe de Estado le otorgó a los
deportistas y a él. “Yo no lo podía creer, un presidente mandándome una carta,
algo que nunca imaginé, era de puño y letra eh, nada de copia”. En ella exhortó a los deportistas a ser fuertes y perseverantes para
alcanzar el triunfo. Hoy Paz luce
entre su pared de diplomas la carta que le envió Perón. La alegría se oye en su
voz cada vez que recuerda la anécdota, es un orgullo que no merece ser olvidado.
En 1956 se realizó
un campeonato en Perú que reunía varias disciplinas, entre ellas el
levantamiento de pesas. A la hora del almuerzo, en el comedor común, había
cientos de deportistas que se abalanzaban sobre un menú estrictamente preparado
para reponer energías. Entre el acostumbrado bullicio de un lugar colmado de
gente se oyó una voz gruesa que repetía incesantemente “Paz, Paz de Argentina,
¿Dónde está?”, con la misma cara de desconcierto que puso ese día cuenta, “Yo
no entendía nada, todos me miraban preocupados”. Pense “¿Qué cagada me mandé?”.
“No le puedo decir nada, sólo que mañana esté listo que a las 9 de la mañana lo
pasamos a buscar”.
Al día siguiente, de
punta en blanco con el uniforme del equipo argentino, Paz esperó con incertidumbre
su futuro dentro de un auto del Ejército Peruano. Con tono de voz alto y firme
el gendarme le comunicó “Paz, usted tiene cita con el presidente de nuestro
país, baje y anúnciese en la recepción”. Ingresó al despacho con las rodillas
temblando, lo invadía una mezcla de ansiedad y nervios, prefiere estar frente a
una pesa con 200 kilos que en esa situación. Tragó saliva y con su mirada hizo
una rápida requisa por el escritorio y descubrió una fotografía en la que
aparecía. Con un grito de sorpresa exclamó “¡Belaúnde Terry!”. Coco y el
presidente de Perú se habían conocido durante los Juegos organizados por Perón
en 1951 cuando Terry no había asumido aún la presidencia. “Yo no lo podía
creer, estaba en otro país, recorriendo la casa de gobierno, si en ese momento
en Argentina pasabas por la puerta de Casa Rosada te llevaban preso”, afirmó
Paz.
Gracias
a su entrega total para el deporte y sus resultados exitosos tuvo el apoyo
financiero de cada club para los que compitió y en los torneos mundiales era
respaldado por el Comité Olímpico. Pero a pesar de saber cómo se manejaban los
trámites burocráticos para obtener el dinero para viajar, Paz recuerda “cuando
fueron los campeonatos de Puerto Rico, España y Orlando yo me mandé la macana
de pagarme todo, por apurado, sin esperar que me mandaran la plata”.
No todo lo que
brilla es oro y Coco lo deja bien en claro “No se podía comer con el
levantamiento de pesas, al contrario había que dejar plata en el camino”. Cuando
San Lorenzo le abrió las puertas para ser preparador físico aprovechó la
oportunidad y se inscribió en los cursos que daba el club, y así se sumó de
forma permanente al equipo de kinesiólogos de la Institución.
Luego de unos años
pasó como preparador físico al Club Independiente de Avellaneda. “Dejar San
Lorenzo fue duro fue el lugar que me vio nacer como deportista pero necesitaba
comodidades e Independiente me quedaba cerca de mi casa y me permitía pasar más
tiempo con mi familia”, recuerda afligido pero conforme con su decisión.
A pesar del malestar
que les causaba a los dirigentes del club, por sus constantes faltas, Paz siguió
compitiendo con el levantamiento de pesas. Tiempo después, y con otra oferta en
puerta, decidió hacerse a un lado y comenzó a desarrollar su trabajo de
kinesiología en el club Boca Juniors. En simultáneo abrió su propio gimnasio en
la zona de Avellaneda, cerca de la central de Independiente y frente al actual
Teatro Colonial, “No lo podía creer, se llenó de gente a la semana de abrir,
era seguro que iba a andar bien” afirmó Paz con mucho orgullo. Con el éxito inesperado del gimnasio y
su crecimiento profesional como kinesiólogo se alejó de los clubes y empezó a
trabajar por su cuenta.
Más allá de todo nunca
abandonó la pasión por las pesas y aprovechó su gimnasio para entrenar. Una vez
alejado de los torneos estuvo encargado del entrenamiento de la Selección Argentina
de Pesas y de la búsqueda de nuevos talentos. “Recorría todas las provincias
buscando a jóvenes, cómo lo fui yo, que quisieran crecer en el deporte y
tuvieran la capacidad y pasión para hacerlo”,
recuerda.
De a poco todo pasó,
renunció a su puesto en la selección y sólo se quedó con el gimnasio y sus
pacientes de kinesiología. Su pasado fue exitoso y admirable y en su presente
están las marcas de una vida intensa.
“Hoy quiero trabajar y disfrutar de mi vida
con mis hijos, mis nietos y mi pequeña bisnieta”, afirma con una amplia
sonrisa, mientras termina de acomodar sus aparatos para el próximo paciente que
aguarda en la puerta.

